Saturday, March 03, 2012

UNA INJUSTA COMPARACIÓN



Plaza de Talcahuano.
En nuestro viaje a Talcahuano habíamos pasado un día muy entretenido con visitas al Huáscar, la puerta de Los Leones, el apostadero, un recorrido por Las Canchas, desde donde hay una amplia vista de la bahía, y después un sabroso almuerzo en el mercado. Hasta nos compramos una chuchería de recuerdo allí. En la tarde de ese domingo dejamos el puerto de regreso a Penco con muchas ganas de volver…
Y a la mañana siguiente, temprano estábamos en clases en las antiguas salas de madera de la Escuela 31 en calle Freire. La señorita Gladyz Fernández, nuestra maestra del segundo de preparatoria, nos ordenó abrir nuestros libros de textos. Al azar, ella nos indicó la página. El libro era de esos compendios de pequeños cuentos e historia que publicaba el Ministerio de Educación y que eran uniformes para todas las escuelas públicas del país. El editor era un señor de apellido Bunster. La inclusión del cuento que nos correspondió leer en voz alta ese día fue tal vez muy a la rápida.
Penco a la distancia visto desde los cerros de
Talcahuano.
El autor de ese texto particular debió ser un poeta frustrado o con mala leche porque su contenido pudo haber significado quemar todos esos libros en una pira pública. El poeta en cuestión tuvo la genial idea de hacer un paralelo entre Talcahuano y Valparaíso, pero para mal. Cantaba loas a Valparaíso --lo que estaba muy bien--, pero le tiraba desastrosas pullas a Talcahuano. Recuerdo como si fuera hoy parte de ese desafortunado texto. Decía así, aproximadamente:
“Valparaíso es un puerto luminoso con calles que serpentean sus cerros; su gente es alegre; es pura historia y tradición; en cambio Talcahuano es oscuro, con gente triste, un lugar que no invita a quedarse. Contrario a la belleza de Valparaíso, Talcahuano es feo, un lugar sin encanto…”
Y seguía el autor con su lamentable comparación, llena de subjetivismos. Dejó a Talcahuano como la mona. Mientras leíamos el texto, yo pensaba ¿estarán haciendo este mismo ejercicio los niños de las escuelas de Talcahuano? Si así fuera, imaginaba que sentirían una rabia enorme por la injusticia y más de alguno de ellos hasta estaría dispuesto a lanzar su libro al mar. Cuando vino la hora de irnos, antes de regresar a mi casa, me fui a la línea del tren y miré hacia Talcahuano a la distancia. ¡Qué texto más desubicado si yo mismo había comprobado el día anterior los sabores, las gracias y el encanto de Talcahuano! Después de tantos años puedo decir a modo de justicia para con los choreros: ¡Grande Talcahuano!
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