Wednesday, December 05, 2012

EN LA CANCHA DE GENTE DE MAR JUGABAN LOS VALIENTES

El equipo infantil de Atlético en la cancha de G. de Mar. Don José Riquelme a la derecha de la foto con su perro Rushdie. Al centro, el caballo de "Cayo", vehículo que transportaba a jugadores rezagados hasta el campo de juego.
 
La cancha de Gente de Mar en la actualidad.

Esa mañana de sábado del mes de julio de 1958, alrededor de las 9, oí los cascos de un caballo acercarse a la puerta de mi casa. El jinete golpeó con los nudillos de su mano la venta. Me asomé y vi un caballo negro montado en pelo por mi amigo, Julio César Arriagada. Quien con amplia sonrisa me dijo: “el partido comienza en veinte minutos. Apúrate, toma los chuteadores y ven. Te espero.” Era cierto, la noche anterior fui a ver la programación que se desplegaba todos los viernes en la ventana de la Federación de fútbol de Penco. Mi nombre estaba en la lista. El partido era el sábado a las 10:00 horas en la cancha de Gente de Mar. Atlético, mi equipo, enfrentaba en ese recinto a Fanaloza, en segunda y primera infantil y juveniles. Me vestí rápido, sin siquiera ir al baño para una ducha, ni para el cepillo dental ni menos para un desayuno: la responsabilidad de defender al Atlético estaba primero. César me esperaba en la calle arriba del caballo, yo, con los botines en la mano y nada más salvo lo puesto. Mi amigo estiró su mano y me dio un impulso. En un segundo los dos estábamos a caballo. Al trote del rocín nos dirigimos a la playa. Allí estaban todos los muchachos y el público que comenzaba a poblar el borde de la línea, mientras otros miraban desde la arena esperando también los botes de los pescadores que regresaban de una noche capturando merluzas en la bahía. Don José Riquelme, nuestro mandamás en el club, intuía que sus dirigidos podrían atrasarse por eso enviaba emisarios a buscarlos a sus domicilios. En mi caso, esa misión la cumplió César Arriagada en el caballo de un amigo del club de nombre Cayo.
Con el frío de espanto de esa mañana de julio, el cielo despejado y un sol invernal, los jugadores nos desvestimos y nos pusimos los equipos ahí en la arena, detrás de unos botes varados. (No había camarines). Nuestra ropa la envolvimos como unos ovillos y la escondimos (como lo hacían los demás) en los castillos de proa de las embarcaciones recostadas en la arena. El equipamiento lo proporcionaba en club Atlético. Don José y sus ayudantes distribuían las camisetas azules de algodón con una banda blanca en el pecho y los pantalones blancos. Las medias de lana y los chuteadores eran una cuestión personal, los aportaban los jugadores. Cuando sonó el primer silbato del árbitro enviado por la federación, los equipos ingresamos desde la playa a la cancha. Al caminar hacia el centro del campo, los jugadores nos afirmábamos los pantalones ajustando el cordón y haciéndole una rosa, otros se subían las medidas. Ése era el momento en que los clavos de los estoperoles atravesaban la suela de los zapatos de fútbol y punzaban  la planta del pie. Había justo unos minutos para buscar una piedra y golpear las molestosas puntas de las tachuelas para evitar la incomodidad.
Allí frente a frente, estábamos los jugadores de las series de segunda infantil de Atlético contra Fanaloza. Los loceros exhibían sus albas camisetas de tafetán cruzadas por una banda celeste en el pecho. Por órdenes estrictas del técnico (Don José) nosotros nos distribuimos en el campo para presentar la mejor ofensiva o para estructurar la defensa más firme. Al silbato del juez se inició el partido. La pelota rodaba con dificultad sobre el terreno arenoso de la cancha de Gente de Mar. A veces se encumbraba y había que saltar para cabecear y darle sentido al movimiento del esférico. Entre tantas carreras de ida y venida podíamos ver, de cuando en vez, que más público se reunía en la línea del tren. Más público, más gritos, más tallas, más garabatos. “Corre cocido”, “corre fatiga”. Los que gritaban no tenían idea de la mella que en los pies hacían las malditas tachuelas mal remachadas de los chuteadores. De pronto un gol, después otro, después un tiro desviado que pasó cerquita del arco y la pelota fue a dar a un zanjón de agua servida que descargaba en el mar. Había que tener valor para bajar a sacar la pelota mojada. Cada vez que ocurría eso, había que hacerlo. De tantos viajes al agua pestilente, la pelota se ponía pesada y al tocar el suelo se le adhería la arena. Un pelotazo en la cara en esas circunstancias era como recibir una bofetada y quedar con ronchas por el resto del día.
Como había jugadores en la banca que esperaban su turno, Don José, efectuaba cambios. Mientras alguien sacaba la pelota del zanjón por enésima vez, me reemplazaron. Salí  caminando, cruzando el borde de cal en la arena. Don José me felicitó y me pidió el equipo. Ahí mismo entregué la camiseta y los pantalones. Pero, quien me sustituía no tenía chuteadores: le pasé las medias de lana y mis chuteadores. Al poco rato lo vi sacándose los zapatos y golpeando su interior con una piedra. Varios minutos después de producido el cambio Don José estimó cambiar nuevamente y decidió otra modificación en el equipo. Llamó al muchacho que me había reemplazado, me miró y me dijo: “tú vuelves a la cancha”. (Entonces se podía regresar al campo de juego.) Cuando el jugador sustituto cruzó la línea de cal, me entregó de nuevo el equipo. A todo esto, yo estaba sólo  con mis calzoncillos, pero envuelto en una frazada del club sentado en el borde de la cancha sobre uno de los botes varados que servían de camarín, por cierto, mirando el partido. La camiseta devuelta estaba mojada en sudor. El fría de la mañana de julio enfrió de inmediato la camiseta y ponérsela en esas condiciones era un desafío. La carne de gallina. Los pantalones blancos, mojados también y llenos de arena, las medias en las mismas condiciones y los zapatos, rogando porque las tachuelas se hubieran apaciguado.
 Gol. Gritos, abrazos, comentarios. Más tallas: “malo”, “adónde aprendiste a jugar a la pelota” y “adónde se te olvidó”, “afírmate en lo que comiste”. Después del gol, todos los jugadores al centro del terreno, el pitazo sonó de nuevo. Se reinició el partido. El  fragor de las carreras, los encontrones, las zancadillas y el trote cansino sobre el terreno arenoso terminaron por recalentar la camiseta mojada. El partido se hacía interminable si se tenía en cuenta el martirio de los clavos punzando las plantas de mis pies.

El pitazo salvador daba por finalizado el encuentro de la serie de segunda infantil entre Fanaloza y Atlético. Los jugadores al borde de la cancha debíamos entregar nuestros implementos: camisetas y pantalones a quienes jugaban de inmediato el partido de la primera infantil. Los jugadores se ponían felices las camisetas húmedas y los pantalones. Había que prestar las medias y los chuteadores porque no todos tenían. Pero, en fin no había problemas, a aseguir divirtiéndose con el fútbol. La instrucción del técnico era vestirse con la ropa de calle inmediatamente y evitar el enfriamiento. No faltaban los valientes que en calzoncillos cruzaban la playa corriendo y se daban el chapuzón en el mar. Los que teníamos reparos no podíamos ser menos: al agua pato. Dos brazadas en el mar gélido y lleno de algas  y de vuelta a la arena. Un buen trote final por la orilla permitía recobrar el calor corporal y que el cuerpo se secara con el viento porque nadie había llevado toalla. Arriba de los botes había que reconocer el ovillo de ropa propia, desenvolver y vestirse. Como los calzoncillos estaban mojados debido al piquero, nos poníamos nuestros pantalones a lo gringo. De vuelta al borde de la cancha a ver el segundo partido de la mañana y a esperar de regreso las medias y los chuteadores. En medio de los gritos de gol y los abrazos… Ah, y no había tomado desayuno.

2 comments:

Michael Cruces said...
This comment has been removed by the author.
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