Saturday, January 12, 2013

EL SILENCIO DE UN NIÑO DESCALZO

Niños flacuchentos y descalzos de Penco, libro de V.H. Figueroa. La escena fue captada en verano, probablemente
en 1950, en la esquina de Alcázar con Las Heras. El almacén era de propiedad del padre de la Rosita Bravo.
Era un niño montaraz que vivía en los faldeos de Villarrica. Su vida transcurría mayormente en los cerros. Bajo, grueso, aguerrido. Invierno y verano iba descalzo. Alguien lo motejó: “Pate'guala” ¿Qué significaba ese apodo? Tal vez porque no tenía zapatos. Disponer o no de calzado era una medida para diferenciar a los niños pobres de los más humildes en Penco. Pero, “Pate'guala” hacía su vida: callado subía por los cerros cortaba leña y regresaba a la modesta rancha que lo cobijaba, con su carga. Tenía un sweter azul que con el uso había alcanzado una tonalidad violeta. Además le caía como faldón sobre el mameluco de mezclilla porque tenía talle corto. “El finao era más grande”, le decían al pasar. Y él  no se inmutaba. ¿Era el “Pate'guala” un niño feliz como los demás? Difícil pregunta para responder respecto de un muchacho retraído y silencioso. Una pregunta todavía más compleja sería saber su nombre.

Pero, su nombre estaba registrado en la escuela N° 31. Asistía a clases tarde mal y nunca, porque su vocación eran los cerros. Allí se manejaba con una destreza extraordinaria: conocía todos los recovecos del monte, identificaba el trino de todas las aves del bosque las que parecían cantar para él, ponía huachis en las pasadas de los conejos (para cazarlos) y evitaba con sapiencia algún contacto físico con el litre. A pesar de su familiaridad con los árboles le sobrevenían las alergias a la piel cuando sin querer rozaba una de esas especies nativas ponzoñosas para algunos. “Pate'guala”, como decíamos, siempre descalzo trepaba a los árboles para obtener frutos de los más altos o por el puro placer de llegar a las copas.


Volvamos a lo del colegio. Una vez su profesora, la señorita Norma, ideó una táctica para que el “Pate'guala” anclara en la escuela y dejara sus andanzas cerro arriba y cerro abajo. Al fin y al cabo tenía que estudiar y prepararse para un futuro mejor. La maestra le encargó que se aprendiera una poesía para que la recitara ante el curso. Ésa era la treta. El niño respetuosamente prestó atención al trabajo que se le encargaba y no dijo ni sí ni no. La señorita Norma entendió que su táctica comenzaba a funcionar.  Pero, lo concreto fue que nadie escarbó más en la silenciosa personalidad del “Pate'guala”: por qué tenía pocos amigos, cuál sería la causa de su timidez o por qué su vida era más relajada apartado de la vida social.

Cada lunes a primera hora había un acto en el colegio. Los cursos se formaban ante el director del establecimiento y el cuerpo de profesores. Estos últimos aprovechaban la ocasión para que algún alumno hiciera una presentación ante todo el colegio: cantar, leer un texto, recitar. Entonces la señorita Norma se acordó del trabajo que le había encargado al “Pate'guala”: que se aprendiera esa poesía. Y anotó su nombre en la pauta del acto. El profesor que hacía de maestro de ceremonia comenzó a llamar al escenario a los estudiantes según la lista. Fulano de tal subió y cantó, aplausos; zutano subió y leyó un pasaje de la historia de Chile, aplausos; merengano  subió pronunció un monólogo, aplausos. Y le tocó el turno al “Pate'guala”. El maestro de ceremonia lo llamó al escenario por su nombre…

El “Pate'guala” dijeron a coro sus compañeros. El aludido estaba en la formación, pero al final. De modo que tuvo que recorrer un buen trecho para llegar al punto donde tenía que enfrentar al colegio. Caminó rápido, seguro, con su sweter violeta, sus mamelucos y los pies desnudos. Cuando se paró para recitar su poesía todos pudimos ver sus pies grandes, sus empeines quemados por el sol o por las heladas y más arriba sus tobillos martirizados por las quilas o las zarzamoras de los bosques. Se produjo entonces el silencio que otorga la audiencia al artista para que comience su rutina. Cinco segundos, diez segundos, veinte segundos, treinta segundos… El “Pate'guala” estaba ahí parado como una estatua, congelado, petrificado, con la mirada vacía y el rostro impertérrito. Los profesores se miraban entre sí, la señorita Norma estaba molesta con su orgullo herido, los alumnos mantenían como nunca un  silencio sepulcral esperando oír al “Pate'guala”. Hasta que por fin, como que el niño siguiera en el limbo frente a todos,  el maestro de ceremonia se acercó y le habló al oído. Entonces el niño bajó triste su humilde cabeza y regresó en silencio a su puesto al final de la fila de su curso. A las pocas semanas el “Pate'guala” ya no regresó al colegio.

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