Saturday, August 03, 2013

DE PENCO A LONDRES EN EL BUQUE "BAQUEDANO"



Para nosotros esos países lejanos y resplandecientes, situados en lugares inalcanzables, los conocíamos por las películas en blanco y negro que se proyectaban en el teatro de la Refinería o en los documentales vespertinos que se mostraban en el gimnasio de Fanaloza (entonces no se conocía la televisión). Así era el mundo, como se veía en el cine. Hasta que una noche de agosto se unió un viejo al círculo de amigos que nos habíamos juntado para conversar en la esquina de Alcázar con Freire. Ese viejo era don Efraín. A pesar que arrastraba los pies para caminar, contaba historias muy sabrosas. Y esa noche bajo el cielo frío, húmedo y estrellado de Penco, nos comenzó a hablar de sus viajes, porque había sido grumete. Con su relato tuvimos, sin esperarlo, una nueva visión de esos países lejanos y resplandecientes, pero contados en primera persona. ¡Qué viejo más bacán! 

“En la Baquedano (el buque escuela de la Armada de esos años) –dijo don Efraín, mientras a todos nosotros se nos despertaba la imaginación—navegamos cruzando el Atlántico, porque teníamos que recalar en Londres…” 
El viejo se tomó un respiro, como haciendo memoria. Y todos nosotros a su alrededor en un silencio ansioso, esperábamos a que don Efraín continuara porque queríamos oír más. 
“El buque estaba embanderado, porque así lo ordenó el comandante. Poco antes de las doce, entramos por el río Támesis. Estábamos felices y orgullosos. La Baquedano iba remontando aguas arriba hasta que llegamos a Londres. El buque tenía que recalar en el puerto. Fue emocionante pasar frente a Big Ben. Desde cubierta veíamos los autos y los buses que circulaban por los puentes. Qué ciudad más bonita”, continuó el viejo.

Luego dio otros detalles náuticos y nos contó de la borrachera con cerveza en un céntrico pub de Londres.  Aunque en forma parcial, el viejo ya nos había entregado una imagen de la capital británica. Esos ojos semi llorosos por el frío de la noche de agosto de don Efraín habían visto el Big Ben y los puentes londinenses. A él no le venían con cuentos. Ese viejo pencón podía contar con propiedad cómo era esa ciudad a un puñado de jóvenes reunidos allí en la calle. Cuando regresamos a nuestras casas llevábamos fresco el relato del ex grumete: Londres. ¡Hay que ir y conocerlo! Años más tarde, cuando tuve la ocasión de caminar por las calles londinenses miré el Big Ben y el Támesis recordando esa noche pencona y el relato de don Efraín.

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