Saturday, January 03, 2015

MUCHO ANTES QUE LA BASURA SE CONVIRTIERA EN UN "BUSINESS"

Imagen referencial tomada de Internet.
La basura no se había convertido aún en un negocio. En consecuencia, la municipalidad tenía un capítulo propio con personal dedicado al menester de retirar los residuos domiciliarios. Existía, por tanto, el oficio de basurero en el ámbito local. Sin embargo, no había camiones para ese fin ni vertederos en forma. Lo que sí estaban delimitadas eran zonas en los extramuros en las que se arrojaban los desechos.
Al no haber camiones como los que conocemos hoy, la recolección de la basura por los domicilios se efectuaba con carretas tiradas por yuntas de bueyes, propiedad del municipio. Al mando de la carreta iba un carretero con su picana para guiar o apurar a los animales y un ayudante. Este último recogía la basura depositada frente a las puertas de las casas. La pregunta es ¿de qué manera se arrojaban los desperdicios? No existía la costumbre de las bolsas, porque el plástico no se conocía. Para ese fin, la gente construía cajones donde depositaba sus desechos. Luego llevaba esos recipientes a la calle el día en que pasaba la carreta.
Por lo general esos cajones estaban a cielo descubierto en los patios traseros de las casas expuestos a las constantes lluvias penconas. O sea, la basura siempre estaba mojada. La calidad misma de la basura era distinta a la de hoy. Mayormente consistía de comida en mal estado, tarros de conservas vacíos, zapatos viejos, ropa en desuso y mucha tierra del barrido de las casas.
Algo parecido a esto era la pasada del basurero. (Foto tomada a Internet).
Es de imaginar, entonces, el peso de cada cajón para el esfuerzo que debía realizar el mocetón que lo agarraba a dos manos en la calle, lo levantaba y volcaba los desperdicios “a granel” en la carreta. En seguida le daba un par de golpes al cajón contra la baranda y lo dejaba frente al domicilio para que los dueños de casa lo regresaran a su sitio predeterminado… Así era la rutina del cuento de la basura. Como quienes realizaban este oficio eran trabajadores humildes, los vecinos los retribuían con un buen sándwich y –puertas adentro—también con su copita de vino. De modo que en ese sentido los basureros no lo pasaban tan mal. Tampoco era que anduviesen borrachos.

La campana era así, pero no tan elegante
y lustrosa como ésta.
Pero, había un rito que vale la pena recordar: el basurero se hacía anunciar por una campanilla de bronce que llevaba consigo. La gente sabía el día que correspondía, pero no la hora. Por eso, el encargado avanzaba sin la carreta una cuadra tocando la campanilla. En seguida volvía para tomar la picana y poner en marcha a los bueyes. El sonido despertaba a los somnolientos y todos sacaban sus cajones a la calle.

Cuando la carreta estaba cargada a más no poder de los desechos se encaminaba lentamente a su destino: el basural. En Penco, durante un tiempo éste se ubicaba entre el arco norte de la cancha de Gente de Mar y el camino a Cerro Verde. El que correspondía a Lirquén estaba cerca del actual mirador, en el camino a Tomé. El personal municipal se encargaba de encender fuego en esas  zonas para matar los gases o emanaciones y destruir por la vía rápida los desperdicios. Sin embargo, el viento siempre arrastraba algún remanente de olorcito a las calles más próximas a esos sitios. Hoy, la basura es un negocio, todo está normado… Sin embargo, aunque los vertederos permanezcan lejos, los olores siempre se las arreglan para golpear las narices de quienes tengan la mala suerte de pasar por allí.

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