Thursday, October 08, 2015

UN MINERO DE CORAZÓN GRANDE EN PENCO

La casa del minero estaba por el costado izquierdo siguiendo el curso de la línea en el recodo del fondo.
Don Carlos, minero de Lirquén, era padre de seis chiquillos. Su mujer, Margarita, había perdido su brazo derecho en un accidente ferroviario. La amputación fue a la altura del hombro. Sin embargo, el handicap no era impedimento para que ella desarrollara una vida normal. Cocinaba, lavaba, hacía pan amasado, cuidaba de sus hijos. La familia vivía en unos montículos entre la playa y la línea férrea, unos pasos más allá de la calle Infante por la mano izquierda yendo hacia Cerro Verde por la línea.
Junto con su oficio de obrero minero, don Carlos tenía un bote, así que combinaba su trabajo bajo la superficie de la tierra con el de pescador. Comida no faltaba. Como en ese tiempo no existía la calle costanera actual que une a Cerro Verde con Penco don Carlos y sus hijos mayores arrastraban el bote por la arena para guardarlo junto al cerco del patio que daba al mar. Los remos quedaban con las palas hacia arriba apoyados en el techo de la modesta vivienda. La maniobra la hacían cada vez que don Carlos dejaba de ser pescador y se ponía el casco para convertirse en minero.
Visitábamos a menudo la casa de don Carlos a modo de paseo esos hermosos días soleados de Penco. Estar ahí era entretenido. El tren pasaba muy junto a la casa haciendo sonar su silbato a metros de llegar al cruce de Infante. Como el patio estaba en lo alto podíamos ver a los pasajeros que se preparaban para bajar en la estación de Penco. Ciertamente los espectadores permanecíamos inmersos en una saturada nube de humo, vapor y carboncillo. Y por el otro lado, del estrecho patio, estaba el mar y la playa con la huella en la arena por donde transitaban una que otra carreta tirada por bueyes.
Por su duro trabajo en la mina, don Carlos sufría de dolores a la columna a la altura de la cintura, sin duda porque pasaba ocho horas encorvado en las galerías subterráneas arrancando el carbón de piedra. Para ayudarse cada vez se ajustaba una faja blanca hecha de tela de algodón de bolsas quintaleras de harina. Todos los mineros mayores usaban esa faja bien apretada para mitigar el dolor de la cintura y de la columna vertebral.
Los montículos entre la playa y la línea se observan al centro de la fotografía.
Uno de esos días de visitas informales me sorprendió una gentil invitación que me hizo Margarita para que me quedara al almuerzo. Acepté. Toda la numerosa familia se sentó respetuosamente a la mesa, cada uno con su plato. Sopa de acelgas, cosechadas esa misma mañana. Al notar don Carlos mi escaso entusiasmo me animó a que me sirviera la comida igual como lo hacían sus hijos e hijas. Y dijo con voz quieta y segura sin dirigirse a nadie en particular. “La sopa de acelgas es muy saludable”. Me gustó esa palabra “saludable” y ataqué el plato. De fondo, papas cocidas (también de su huerta) y luche, esa alga café-brillante que recubre los roqueríos marino y que queda expuesta con las bajas de las mareas. Ese plato amorosamente preparado por Margarita estuvo muy sabroso. Después una conversación al aire libre a modo de sobremesa fuera del comedor, en el estrecho antejardín rodeado de una cerca de madera que deslindaba con la playa por un lado y con la línea del tren por el otro. Entonces don Carlos le dijo a José su hijo mayor: “Mis zapatos están malos para trabajar en la mina, José. Anda al cachureo, buscas bien y me traes un par”. El cachureo al que se refería no era una tienda, un mercado persa o un outlet. Era un basural que así llamaba la gente y que existía al lado de la playa cruzando la línea por Infante. José respondió que dedicaría la mañana siguiente para buscar ahí en el cachureo un par en buenas condiciones.
Un día don Carlos y Margarita con su numerosa familia se mudaron de ese montículo donde tenían su casa que hemos descrito. Tiempo después Margarita y dos de sus hijas pasaron a visitarnos. Se habían cambiado a una nueva casa en el bosque. Por la pura novedad la acompañamos. Don Carlos había construido dos rucas-mediaguas de aserraderos junto a una vertiente en una quebrada en los faldeos del cerro que da hacia ese valle entre los altos del cementerio y Lirquén. La familia tenía allí agua limpia y en abundancia, rodeada de mucho berro natural y una huerta bien regada.
 
Don Carlos había cambiado de actividad, ya no trabajaba en la mina se había transformado en obrero forestal. El bote seguramente lo vendió. Bien, para celebrar esta visita: café de trigo bien caliente servido en un jarro de loza y un enorme trozo de pan amasado recién salido de un horno de barro…
Años más tarde recorrí el sendero del bosque talado para llegar a la casa de don Carlos y Margarita. Me encontré con un peladero ni siquiera puede hallar la vertiente de agua donde crecían espontáneamente aquellos jugosos berros.

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