Thursday, February 11, 2016

CON UNA BOLSA DE "MONOS" POR LOS CERROS DE PENCO


Calle Alcázar, Penco (2008).
Las mochilas tan comunes hoy, entonces no se conocían. La gente que tenía recursos empleaba bolsos y maletas para llevar sus especies y ropas cuando se trataba de viajar, de ir a otra parte. Pero, en Penco había personas dejadas de la mano de Dios que no tenían en qué transportar sus pertenencias básicas enfrentados a la necesidad de trasladarse a otra parte. A falta de bolsos, usaban bolsas blancas quintaleras, fabricadas con tela de algodón. Y los viajes de esta gente no se realizaban en medios de transporte, iban simplemente a pie. Eran caminantes.
 
¿Quiénes eran estos caminantes que iban cerro arriba y cerro abajo con una bolsa semi llena en la mano? Eran trabajadores agrícolas temporeros, hombres sin entrenamiento ni especialización, que sólo sabían usar una pala, un azadón, un rastrillo, un hacha o una horqueta. Iban por los fundos del sector de Primer Agua golpeando puertas y pidiendo trabajo. Afortunadamente en aquellos lugares siempre había ocupación para ellos, a veces sólo por la comida y el alojamiento y algo para una caña de vino.
 
¿Pero, qué llevaban estos trabajadores informales en esas bolsas blancas y sucias que cargaban al hombro en esas largas caminatas? La pregunta se la hice a una de estas personas. Me dijo que llevaba sus cosas: un chaleco de lana, dos pares de calcetines, una camisa, dos calzoncillos, una camiseta, una pechera para trabajar y tres pañuelos de tela. “Aquí llevo todos mis monos”, recuerdo claramente que me respondió. Los monos eran sus ropas, sus únicas pertenencias. Yo le dije: “o sea, esa es la bolsa de los monitos?”. Su respuesta fue una franca sonrisa. Era común toparse con estos trabajadores aventureros en los caminos rurales de Penco. Iban “a la buena de Dios” a probar suerte en alguna parte, a dormir donde les fuera posible, ya en el bosque, ya en un troj acurrucados entre la paja de trigo como única frazada.
Camino rural en los altos de Penco.
Cuando regresaban donde sus familiares después de su temporada en el campo “la bolsa de los monitos” incluía sorpresas: un paquete de harina tostada, digüeñes silvestres, nalcas o un conejo descuerado listo para echarlo a asar. Nunca con las manos vacías.

1 comment:

Anibal Olivera Morales said...

Adoro los blogs con estas historias, felicitaciones :D