Tuesday, February 09, 2016

EN CERRO VERDE BAJO HUBO PERSONAS PARA NO OLVIDAR



Una pintoresca foto de Cerro Verde Bajo en la actualidad.
En nuestro universo hay quienes alcanzan renombre de personajes y otros que simplemente se conforman con ser buenas personas. Tres ejemplos de esta categoría alcancé a conocer en Cerro Verde Bajo allá por los 50 y tantos. Esos vecinos pertenecieron al villorrio y formaron parte de su cultura. Eran los tiempos difíciles de la mina de Lirquén y  de los dos piques carboníferos del barrio cerroverdino. La gente vivía con lo justo, con hartas estrecheces. Afortunadamente estaba el mar que proveía alimentos. Pero, también hubo esas buenas personas que aportaron. ¡Nunca faltó Dios!
 
DON EDMUNDO VALENCIA
 
Don Edmundo o “Mundo”, como le decían, tenía su negocio de abarrotes en una esquina poco más al norte de la actual escuela por la calle central. Allí la gente compraba los alimentos no perecibles para cocinar sus humildes menestras. Estaban ahí los sacos de papas, de porotos, los tambores de aceite comestible. Y al fondo, el mostrador, donde atendía Mundo. Muy buen tipo era este comerciante a quien sus clientes estimaban mucho. En su negocio las vecinas conversaban, se contaban historias: la salud, el trabajo, las visitas, etc. Quien iba a comprar donde Mundo regresaba a casa con sus cosas y bien informado o informada del acontecer del vecindario. En una ocasión siendo yo muy niño y de la mano de mi madre, Mundo me miró, destapó un frasco con dulces y me extendió uno, a modo de espontáneo regalo. Esa inesperada atención de Mundo no se me ha olvidado. (Gracias don Edmundo).
 
DON JUAN PRADENAS
 
Juan Pradenas en sus tiempos
de alumno de las esc. 54.
A diferencia de Mundo, don Juan Pradenas vendía directamente del productor al consumidor, porque él era el dueño de una hermosa chacra al otro lado de la línea del tren. Las vecinas iban a comprar allí las hortalizas cada día. Ellas mismas sacaban los tomates o arrancaban porotillos verdes. Don Juan cultivaba con la participación de toda su familia. La “administración” de la chacra estaba en la cerca del lado de arriba del predio, junto a unos pinos. Allí él había levantado una enramada para descansar, comer y recibir la paga por las compras. Las vecinas regresaban a sus casas con sus compras y alguna llapa: un manojo de cilantro, una mata de albahaca o algunos ajíes verdes recién cortados.
 
DON OROSINDO PÉREZ
 
Don Orosindo Pérez, un comerciante que manejaba una bodega de vinos, tenía un sobre nombre: “don Orito”. La bodega de don Orito estaba junto a la línea del tren. Vendía vino en las cuatro medidas clásicas de esos años: un litro, medio litro (medio pato), un cuarto de litro y una caña. Justo es señalar que no sólo vino se consumía en el lugar. No faltaban los acompañamientos, mayormente apancoras recién cocidas, pan amasado, cebollas en escabeche. Desconozco si su negocio fue rentable para él y su familia. Sin embargo, del todo mal no debió ser, porque siempre se veían parroquianos en la puerta del local. Y era precisamente esta característica la que le dio fama a don Orito: que la bodega y sus consumidores daban la cara hacia la línea, de manera que cuando pasaba el tren no faltaban los saludos y los “¡holas!” de los pasajeros amigos o conocidos. Hasta los maquinistas le agitaban la mano a don Orito en cordiales saludos, seguramente porque alguno de ellos lo visitó en alguna ocasión en su negocio o porque el buen humor del bodeguero traspasó los límites de Cerro Verde Bajo.


¿Cuántas otras personas como las nombradas aquí conoció usted, amigo lector?    

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