Sunday, July 24, 2016

LOS PESCADORES DE PENCO DEJARON LOS BOTES A VELA Y SE CAMBIARON AL MOTOR FUERA DE BORDA

Vista de la bahía de Concepción tomada desde la salida sur del túnel de punta de Parra. La imagen del bote  a la vela está sobrepuesta con el propósito de graficar cómo se veían las embarcaciones de los pescadores en los años 50.
Me atrevería a afirmar --con pocas posibilidades de equivocarme--que no hay pescadores jóvenes en todo el litoral de la comuna, partiendo por la desembocadura del Andalién, siguiendo por Playa Negra, Penco, Cerro Verde, Lirquén y la Cata que conozcan el arte de navegar a la vela, como lo hacían sus abuelos. En el siglo XX el aparejo de pesca incluía, además de las redes, el palo central de la chata y el par de velas triangulares tan familiares entonces en el horizonte de la bahía. Además de saber lanzar las redes en el punto preciso o instalar las carnadas, el pescador debía ser diestro en el manejo de la vela y el comando del timón. Hoy en día no se ven botes con velamen desplegado, sólo se observan deportistas solitarios deslizándose con windsurf porque para adentrarse en la bahía en alguna embarcación están los motores fuera de borda. Ni los remos se emplean como antaño.
Las velas las fabricaban los propios pescadores. Las hacían con un material llamado “tela de buque”, que era un trapo muy grueso, áspero y pesado tejido en algodón, color blanco invierno. Ellos le daban la forma de triángulo escaleno, uno de cuyos vértices quedaba sujeto en la punta del mástil y los otros dos vértices se ataban a un palo horizontal, móvil, perpendicular en la base del asta. Desplegada la vela principal ésta podía ser dirigida de derecha a izquierda y viceversa dependiendo de dónde proviniera el viento. La vela menor, pero de la misma geometría se instalaba hacia la proa. Era un espectáculo ver las chatas con velamen tanto como el procedimiento de los pescadores por instalar dichos implementos. Jalaban un cordel que pasaba por una roldana en la punta del mástil para izar la vela. Sin duda la tela --repito-- era muy pesada porque los pescadores hacían mucha fuerza para ponerla en su lugar. En una oportunidad con mi madre estábamos en la playa viendo esta operación, cuando a los hombres se les soltó la vela y cayó directo al mar. Ella se llevó las manos a la cabeza por el incidente lamentando el problema. Estaba convencida que la tela mojada se pondría doblemente pesada para volverla a su sitio ¡qué mala suerte!, decía ella. En efecto, tuvieron que venir más personas a socorrer a los pescadores para ayudarles a izar la vela empapada. Momentos más tarde, ellos pudieron navegar mar afuera.
Los botes o chatas dotados de vela viajan más rápido que el monótono ritmo de remos. Remar también es un asunto difícil, de coordinación;  no hay que clavar mucho las palas en el agua, hay que forzarlas apenas bajo la superficie. Remando fuerte se recorría el riesgo de romperse la espalda si en uno de los enviones se quebraban los toletes, esos puntos de apoyo de los remos. Las velas fueron un auténtico medio de navegación respetuoso del medio ambiente. Los pescadores de esos años usaban nada más que la fuerza del viento para recorrer la bahía o, incluso, salir a mar abierto a diferencia de lo que ocurre con los motores fuera de boda que son más costosos, queman combustible, meten ruido y contaminan el aire y el mar.

Después de una jornada de pesca en Penco era común ver a los pescadores trabajar en la playa de Gente de Mar en la reparación de sus redes. Las remendaban con enormes agujas de madera. Y los más forzudos se entretenían arreglando las velas; con grandes agujas de acero repasaban los bordes para evitar que la tela se deshilachara; también zurcían los agujeros. Y al día siguiente, de nuevo a la mar. Y otra vez el espectáculo de montar el velamen sin mojar el paño --un desafío para los expertos-- y largarse hacia el centro de la bahía, o todavía más allá, empujados por brisa helada del suroeste, el rico viento de Penco.

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