Saturday, July 16, 2016

UN VIAJE A LA FÁBRICA DE SUEÑOS EN ROMA QUE TAMBIÉN HIZO SOÑAR A LA GENTE DE PENCO


La actriz sueca Anita Eckberg, en la tórrida escena de la Fontana di Trevi, de "La Dolce Vita", dirigida por Federico Fellini (1960).
La Fontana di Trevi, Roma, julio de 2016, atestada de turistas provenientes de todo el mundo.

La única conexión que había entre el modesto teatro de la Refinería de Penco y los estudios cinematográficos de Cinecittà en Roma estaba en mi cabeza o en mi corazón. Por eso, el segundo día de mi visita a la Ciudad Eterna decidí ir hasta allí para desenredar esa mezcolanza irracional de la enunciada conexión. Bastó subir a un vagón de la línea 2 del metro (color naranjo) en la estación de Termini. Cinecità es además el penúltimo paradero de esa línea a 9 kilómetros del casco antiguo de Roma, en el número 1055 de la vía Tuscalona.
El frontis del museo Cinecità, en las
afueras de Roma.
Cuando poco tiempo antes le había preguntado en Santiago a un amigo italiano sobre ese lugar, me dijo “hace muchos años que no voy, pero recuerdo que estaba en el campo”. Y comprobé que no es tan distinto; unas lomas al otro lado de la avenida daban el aspecto de un terreno semi urbano. Fue lo que vi tan pronto salí de la estación y ahí mismo  me encontré con el frontis del recinto: “Cinecittà”, ¡qué emoción! Si por esas mismas puertas pasaban estos personajes:  Gregory Peck, Ava Gardner, Audrey Hepburn, Frank Sinatra, Kirk Douglas, Liz Taylor, Richard Burton, Clint Eastwood, Monica Vitti, Katherine Spaak, Vittorio Gassman, Adriano Celentano y directores como Federico Fellini, Luchino Visconti, Vittorio De Sica, Michelangelo Antonioni, Roberto Rossellini, Robert Wise, Joseph Mankiewicz, William Wyler, Francis Ford Coppola o Martin Scorsese. Por citar sólo unos cuantos.





Audrey Hepburn y Gregory Peck en 'Vacaciones en Roma', rodada en Cinecittà en 1953.



Y ahí estaba yo a punto de entrar, en mi porfía por conocer y desentrañar esa conexión tan subjetiva como insignificante que rondaba en mi cabeza… Luego de pagar cinco euros ingresamos en compañía de mi hijo. Se abrió ante mis ojos un enorme jardín o parque con prados, flores, estatuas, senderos de cascajos y muchos pinos “piñoneros”, clásicos del paisaje romano. Ese espacio donde estaba parado lo inauguró el dictador Benito Mussolini, conocido como “Il Ducce”  en 1937 y él fue quien puso la primera piedra un año antes. Al fin y al cabo el cine fue uno de los principales medios de la propaganda fascista, y en Cinecittà se rodaron 17 películas de ese tipo. Mussolini tiene que haber sido un tipo muy intruso y desagradable porque en unas imágenes lo muestran haciendo el papel de camarógrafo en una de aquellas producciones.
 




Sofía Loren llegó a Cinecittà para un rol secundario en los años 50. La escena corresponde a la película "Ayer, Hoy y Mañana", de Vittorio de Sica (1963).
Durante la Segunda Guerra Mundial ese parque enfrente de mí fue un campo de concentración de personas civiles opositoras al fascismo. Además, los nazis expoliaron los estudios, se dice que se llevaron 16 vagones de ferrocarril cargados con estatuas, elementos de escenografías, cámaras de cine, etc. Y en vísperas de la rendición, como si hubiera sido poco, los aliados bombardearon a discreción el lugar. Pero, luego de la guerra, Cinecittà se recuperó rápidamente gracias a incentivos del gobierno italiano. Sin embargo, fue durante la década del 50 en que inició la producción de obras inmortales:  se realizaron más de 3.000 películas de las cuales 90 obtuvieron la nominación al Oscar y 47 lo ganaron: desde superproducciones como 
La actriz norteamericana Elizabeth
Taylor, en Cleopatra.
¿Quo Vadis? , Ben Hur (que todavía mantiene su récord de 11 estatuillas ganadas) y Cleopatra, hasta la decadente genialidad de Fellini: La Dolce Vita… y más…




Esos estudios representaron  la industria cinematográfica más importante de Europa, un “país de las maravillas” de más de 40 mil metros cuadrados donde durante 70 años nacieron aquellas obras más notables del cine italiano y mundial. La historia llamó a esos estudios “la fábrica de sueños", pero también fueron una fábrica de dinero. Precisamente recordé hace muchos años haber leído una afirmación de Fellini, el extraordinario director para referirse a Cinecittà:

“La han definido como la fábrica de sueños: un poco banal, pero cierto…/ Para mí es el lugar ideal, es el vacío cósmico que precedió al Big Bang".
El director italiano Federico Fellini (1920-1993).

Y fue en esas grandes producciones que hallé la conexión de ese lugar con Penco, porque todas esas películas increíbles las vimos en el telón del teatro de la Refinería. Era un sueño ver entonces con nuestros propios ojos aquellas actrices, actores,  escenas, caracterizaciones, música y tramas en trabajos maestros realizados por artistas audiovisuales anteriores a la televisión. 
Sin embargo, durante mi visita reinaba un curioso silencio sólo interrumpido por el zumbido del viento en las copas de los “piñoneros”. Me sobrevino esa extraña sensación parecida a cuando uno ha llegado tarde a un lugar, cuando nos damos cuenta que todos los invitados importantes ya se han ido. El espacio está ahí, claro, pero sólo quedan los mozos retirando las mesas y las sillas. Y leo, precisamente, que el estado italiano tiene previsto vender Cinecittà para un proyecto inmobiliario… Entonces camino por el sendero de cascajos que me conduce a uno de los tres estudios abiertos para las visita. En el primero hay dos pantallas donde se ven escenas de la historia: Mussolini, rodeado de militares adeptos, colocando la primera piedra, cortando la cinta, filmando, riendo, aplaudiendo. Bueno, no en vano, el propósito era equilibrar la industria cinematográfica europea frente al pujante Hollywood en Norteamérica. Y los italianos lo consiguieron.
Vittorio Gassman conduciendo su legendario "Aurelia" junto a Jean Louis Trintignant. La escena corresponde a la película Il Sorpasso (1962) dirigida por Dino Rissi. (Lamento no haber podido encontrar el "Aurelia" en Cinecittà).


En otros pasadizos oscuros están los vestuarios: el traje negro de Anita Eckberg en La Dolce Vita, el que usó Elizabeth Taylor en Cleopatra, armamentos antiguos utilizados en ¿Quo Vadis?, yelmos de Ben Hur. Y ahí se justifican nuevamente las conexiones subjetivas entre lo que fue esa poderosa industria de sueños y aquellos estados de trance en que nos sumergíamos viendo esas películas en las butacas o escaños del teatro de la Refinería. Y así continuó mi recorrido por las distintas salas de la muestra. Poco público, nadie a quien preguntarle nada. Me embargó el sentimiento de una profunda soledad, de una nostalgia sin límite, de estar viviendo hoy en otro tiempo. Porque son muy pocos los que se acuerdan de ese particular encanto que sorprendió a millones de personas en el mundo. Si ni siquiera existe el teatro de la Refinería donde la magia del cine se apoderaba de nosotros la gente de Penco y Lirquén. Cuando recorremos el tercer estudio, donde están muestras de las producciones de los spaghetti westerns, finaliza el paseo. A la salida, pero siempre dentro del espacio de Cinecittà, hay un agradable café para conversar sobre la experiencia de la visita y al lado, existe una tienda de merchandising: llaveros, gorros, poleras, tazones, etc.
Una vista interior del parque de Cinecittà (julio 2016).
Con mi hijo abandonamos el recinto a eso de las 7 de la tarde. La estación de metro está a dos pasos del frontis en la vía Tuscolana. En 45 minutos estamos de regreso en el centro de Roma, donde el bullicio nos inunda por todos lados. Allá en el campo, en las afueras de la capital italiana quedó el museo de Cinecittà con sus sueños del pasado y su remota pero importante conexión con Penco de aquellos años.  
El autor de este post en el museo del cine italiano.
Abajo, la estatua de la Venusia de la película "Casanova", de Federico Fellini (1976) que fue rodada íntegramente en los estudios de Cinecittà.



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