Friday, March 03, 2017

ESPERANDO MERLUZAS EN LA PLAYA DE PENCO PREMUNIDOS DE FAROLES

Imagen de referencia, tomada de www.fotolog.com
La luna en creciente –con una marcada tonalidad rojiza-- se puso en el horizonte detrás de los cerros de Talcahuano a la medianoche. La playa de Penco, que para entonces  no contaba con iluminación pública, quedó sumergida en la oscuridad. Salvo, la luz mortecina de más de un centenar de faroles hechos a mano con latas de envases cuyas velas permanecían encendidas. Con esos elementos de iluminación, pencones aguardaban en la orilla la llegada de un esperado cardumen de pescadas (merluzas) anunciada quien sabe por quién para esa noche tranquila, de comienzo del otoño allá por 1957. A pesar que en ese tiempo no había redes sociales como hoy para convocarse, el dato corrió rápido, por eso centenares de personas se presentaron en la playa esa noche en la esperanza de recoger a gusto el mejor pescado directamente del mar, allí donde remataba la ola. Según lo que contaron, un banco de merluzas llegaría a la parte más baja del mar después que se escondiera la luna. Seguía la historia en los siguientes términos: miles de pescadas saltarían del agua retorciéndose haciendo más fácil su captura por parte de pescadores improvisados. O sea, había que estar allí para ese momento preciso y no perder la oportunidad: pescada viva y gratis. Pero, lo más importante –se oyó decir también desde un principio—no olvidar llevar farol. Éste consistía, como decíamos, de un tarro de conserva vacío, con agujeros en el fondo hechos con un clavo, al que por fuera se le enganchaba un alambre encorvado a modo de asa. Adentro del tarro que se usaba inclinado horizontalmente se le instaba una vela y listo el farol. Quienes nunca habíamos manipulado una linterna, teníamos así una solución práctica y barata, luz portátil para iluminar por todas partes. La playa parecía una romería con tantos faroles titilando en la noche. El comentario que andaba de boca en boca entre los entusiastas “hay que estar alerta” puesto que en cualquier momento saltaría la liebre, las pescadas en este caso.

Pasaban los minutos y nada. El frío nocturno de marzo se hacía notar a esa hora, más aún si los pescadores aficionados teníamos que estar listos para la acción esto era descalzos y arremangados para entrar velozmente en el mar a capturar las merluzas desorientadas. Se oían gritos que daban la alarma y todos a la carrera con farol en ristre entrábamos en el agua hasta la rodilla. La luz de las velas era tan insignificante que no servía para distinguir nada, menos aún a merluzas nadando con desesperación. Falsa alarma, todos de vuelta a la playa. Momentos más tarde, de nuevo otro grito, todos chapoteando de regreso al mar. Nada. A final las sucesivas voces de alerta terminaron como el cuento de Pedrito y el lobo. Ya nadie creía, se necesitaba que gente seria anunciara la llegada de los peces. Por tanto esperábamos esa voz sabia y sensata de no sé quién sentados en la playa, ateridos con los pies enterrados en la arena terriblemente fría. No había cómo abrigarse y para peor las velas se apagaban a cada rato con la brisa gélida. Cerca de las dos de la madrugada lo más recomendable era irse a casa con las manos vacías y con los faroles pegoteados de cerote consecuencia de las velas consumidas hasta el fin. Los que habían mostrado más entusiasmo se retiraron primero; los dubitativos fuimos los segundos y los perseverantes se quedaron hasta el amanecer. Al día siguiente, aquellos dijeron que al alba apareció el cardumen y que ellos se hartaron de recoger merluzas. Quienes oyeron estos relatos, incrédulos, replicaron “a otro perro con esa pescada”…

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