Wednesday, March 08, 2017

UNA MAESTRA PARA COMPONER HUESOS EN PENCO

Cuando la conocí, debió tener cerca de 80 años. La llamaban la abuela Cruz. De aspecto humilde y baja estatura, la mujer anciana ayudaba en menesteres caseros para ganarse la vida –ya en sus últimos tramos--, enfrentando sola una pobreza sin límites. Vivía en un conventillo de calle Freire, situado entre Alcázar e Infante. El día de invierno de 1957 que hablé con ella iba como se la veía siempre con vestidos largos y refajos, un chaleco negro encima de otros dos más, calcetas de lana cruda y zuecos, con planta alta de madera. Parece que no tenía otra ropa. Decían que era mal genio; sin embargo, cuando le solicitaban un favor respondía con la bondad de su gran corazón. Porque la abuela Cruz tenía una gracia –una fortaleza diríamos hoy--. Sabía componer huesos. En años en que la medicina escaseaba, la gente del barrio recurría a ella para aliviar esguinces de tobillos o súbitos dolores agudos de otras articulaciones. Le daban a cambio escuálidas propinas que le servían de algo.
Imagen ad hoc tomada de internet.

Por una circunstancia de ésas me pidieron que fuera adonde la abuela Cruz para que acudiera a una urgencia. Uno de nuestros amigos se torció un pie. Era de noche y estaba a punto de llover. El conventillo no tenía luz, así que había que avanzar a tientas para dar con la puerta de su casa. Cuando abrió me miró con cara de extrañeza, pero me hizo pasar al tiempo que se metía en su cama y se acurrucaba en ella. Sólo la cara le asomaba entre la almohada y la sábana. Se dispuso a escucharme y saber el motivo de mi visita. Le expliqué y le dije que la necesitábamos para ir a componerle los huesos a un amigo. Accedió. Se sentó en la cama, se ordenó el moño canoso y en ese momento pude ver la escena completa: la abuela Cruz estaba en su cama vestida con su modesta ropa de calle. Así dormía para suportar el frío. Se bajó y se paró haciendo coincidir con maestría sus pies con los zuecos que estaban perfectamente orientados para esa maniobra junto a la cama. Sin mediar más palabras salimos trastabillando por el conventillo y llegamos a la casa del accidentado, quien se quejaba y su tobillo estaba inflamado como una pelota.

La abuela Cruz pidió un lavatorio con agua caliente, harta sal y le ordenó al paciente meter el pie lesionado en la salmuera. En seguida comenzó la tortura. Con ambas manos movía el pie de mi amigo con habilidad y fuerza. El afectado aullaba de dolor. “Es que tiene que sonar”, decía la abuela, explicando que los huesos debían volver a su sitio. Y seguía. Hasta que, según ella, se produjo el sonido. Pidió una venda larga y un huevo. Cambió el agua del lavatorio y rompió el huevo batiéndolo. Mojó en esa mezcla la venda y la aplicó fuertemente en torno al tobillo en cuestión. Dijo que el huevo apretaría más la tira de tela cuando ésta se secara. Recomendó descanso. Luego de conversar con los dueños de casa y recibir unos dos mil pesos de hoy como propina regresó a su casa solitaria. Había comenzado a llover por lo que sus zuecos chapoteaban  en la vereda mojada de calle Freire. Sin duda se metió con ropa en su pobre cama como debió hacerlo a lo largo de todos esos crudos inviernos de Penco.

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