Sunday, December 01, 2019

LAS NIÑAS DE PENCO QUE ATESORABAN POESÍAS

Dibujo tomado de la revista SIMBAD (1955).
          Diciembre de 1952 en Penco se inició así, no como un día más. Las alumnas de la escuela 32, vestían sus delantales blancos, más blancos que nunca. Nerviosismo y alegría, porque se acercaban los exámenes de fin de año y también las vacaciones. Con motivo de las fechas, pero en realidad siempre, las niñas arreglaban sus cuadernos con esmero. Pulcros, bien presentados. Aquí el de castellano, allí el de aritmética, el de música, el de caligrafía, el de dibujo. Porque ellas eran (son) ordenadas, cuidadosas. Acrecentaba la alegría que les florecía del alma lo brillante y diáfano del aire y del cielo. En la bahía el mar reposaba sin un rizo, como una tasa de, porque en esa mañana tibia y luminosa no soplaba una brizna. Así era Penco.

         Entre esas niñas estaba Rebecca quien guardaba un cuaderno adicional, cuyo contenido nada tenía que ver con las obligaciones de la 32. De tapa dura empastada, no necesitaba forro, pero aún así tan cuidado como el resto. Sin embargo, ella no era la única. En Penco existía la costumbre entre algunas niñas a tener un cuaderno independiente añadido en sus bolsones escolares. Hoy los podríamos llamar agendas, pero eran más que una ayuda memoria para cumplir compromisos, tampoco diarios de vida, donde algunas anotaban por las noches las emociones del día. No, tales cuadernos contenían poesías.

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
                                       ni trabajos injustos, ni pena inmerecida; ¹
                        Comprar libros era caro para el promedio pencón y esas niñas querían leer, releer y hasta memorizar versos de poetas de fuste. Por eso resolvían escribiendo los poemas desde los libros originales en sus cuadernos particulares. Los copiaban palabra por palabra, punto por punto, coma por coma. Y entre quienes cultivaban esa afición o esa sensibilidad se intercambiaban los cuadernos para leerlos en la soledad de la noche y, si merecía el esfuerzo, recopiarlos también. Por entonces uno de esos cuadernos llegó a mis manos. Las estrofas estaban escritas con lapicera de pluma y tinta de tintero. Arriba, el título; abajo el autor o autora y después el texto cuidadosamente manuscrito. Entre las numerosas poesías y nombres de autores, sólo recuerdo al poeta mexicano Amado Nervo anotado en una de las páginas. La selección y ordenamiento de los poemas era decisión propia, cuál iba primero y cuál después. Así, cada niña era la curadora, editora y copista de un producto único y privado. Por tanto, un trabajo original cuya impronta reproducía gusto y estética a cada ojeada. No supe que alguno de tapa empastada con sus hermosos textos haya llegado al escritorio del profesor o la profesora. O tal vez sí.

      Con el tiempo Rebecca se hizo adulta y después mayor. Hace unos años, cuando me encontré con ella en la calle Freire al llegar a Chacabuco, le pregunté si guardó algunos de los escritos que he mencionado. Me respondió con sonrisa melancólica. Los había perdido en el tráfago de su existencia. Esos cuadernos preciosos, finos, queridos, cuidados, inmaculados, inspirados dieron testimonios de la delicadeza, de la finura, del amor  y de los sueños inalcanzables de tantas niñas de Penco.
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¹ Amado Nervo (En Paz)

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