Wednesday, January 08, 2020

EL CONTRAMAESTRE


Imagen tomada de la colección 
"El Tesoro de la Juventud" (1930).
            «¡Es responsabilidad absoluta  del contramaestre!», dijo el hombre de traje oscuro con voz firme y sin dudar. Y los que estaban a la mesa con él y otras personas invitadas lo miraron sorprendidos.
              Una familia conocida, que tenía su casa en calle Las Heras, al lado de una reparadora de calzados que todavía existe, a media cuadra de la plaza de Penco, nos invitó aquella tarde a cenar por la celebración de un onomástico. Transcurría la primavera de 1957. Me sorprendió que cuando llegamos siendo yo un niño me asignaran un puesto en la mesa de los adultos. Mi silla estaba reservada (hasta hoy agradezco esa fina distinción porque me sentí importante). Mi tía Ana, amiga de la dueña de casa de nombre Ana también, se ubicó a mi lado. Antes de servir los platos, los anfitriones pusieron en el centro de la mesa una gran ensaladera colmada de apio picado con aceitunas, pero mi atención se centró en el enorme pocillo con mayonesa, de cremoso aspecto, hecha en casa. Por entonces ese aderezo no se fabricaba industrialmente como hoy.
               Guardé prudente silencio durante la mayor parte de la cena, según me habían instruido, para no interferir las conversaciones de los mayores. Al frente mío había un señor de traje oscuro, educado, que conversaba con la persona sentada a su lado sobre su profesión, marino. Pero,  decía que él ya se había retirado de la Armada de Chile. El otro caballero, también vestido formalmente para la cena, oía y agregaba comentarios sobre aquellas historias marineras, las que al comienzo parecían ser puramente técnicas, pero que al fin resultaron tan entretenidas que me sumé a la audiencia. En el momento que sintonicé, el marino narraba:
              «...el contramaestre no habría autorizado semejante osadía. Cómo se le pudo ocurrir a ese arponero intentar bajarse de un buque zarandeado por un temporal en el Cabo de Hornos para tomar un bote a remos sólo para ir detrás de una ballena y capturarla. Eso es imposible en la realidad. No son más que narraciones fantásticas. Yo leí la novela Moby Dick₁ en uno de mis tantos viajes en buques de la Armada y ahí se narra algo parecido». Hizo un silencio y añadió: «Pero, como locos hay en todas partes, me han dicho que gente lo ha hecho para callado, como se dice. Créame que yo no me lo puedo explicar, pero mis fuentes son confiables. Recuerdo en una ocasión en el Mar de Drake con mal tiempo las sacudidas del buque eran tan violentas por las olas gigantes, que era difícil mantenerse en pie. Nadie podía salir a cubierta por seguridad. Entonces fui testigo de la solicitud de un par de marineros dispuestos a bajarse del buque en un chinchorro₂ para desafiar al león, torear la tempestad, una apuesta tipo ruleta rusa. Hablaron con el contramastre».
               El narrador se dio cuenta que yo estaba con la oreja parada. Aproveché que hizo una pausa y le pedí permiso para una pregunta. Los invitados me oyeron y cortésmente dejaron de hablar para no interrumpirme. Yo dije: ¿quién es un contramaestre? «Mire joven, ‒comenzó a responderme el marino con amabilidad‒, a bordo el contramaestre es un marino experimentado que conoce el buque como si fuera la palma de su mano. Él sabe hasta cuántos tornillos tiene la nave, por ejemplo. Y puede tomar el mando cuando el comandante se enferma. Un contramaestre es una autoridad en alta mar».
              Y yo seguí: ¿Por qué esos marinos que usted contó, no se bajaron del buque así no más sin decirle a nadie? Luego de hacer la pregunta me sentí un poco impertinente. Y el marino en frente mío me respondió con más seriedad que en su afirmación anterior, porque para él mi planteamiento era grave: «¡Imposible! Bajarse de un buque en plena navegación no es broma. Imaginando que eso llegara a ocurrir, la máxima autoridad de abordo tiene que saberlo y autorizarlo. En el caso de los aventureros que les he contado, ellos habrían quedado abandonados y al garete en medio de la nada o del infierno si lo hubieran hecho para callado. Vuelvo sobre detalles de la situación. El contramaestre guiaba el buque en esa oportunidad porque el comandante se mareó y tuvo que encerrarse 2 días en su camarote. Son cosas que pasan, porque los marinos también somos seres humanos. Ocurrió que un grumete y un guardiamarina querían demostrar su valentía bajando al mar embravecido en el chinchorro. Aprovecharon que el capitán no estaba y creían que convencerían fácilmente al contramaestre. Pero, el hombre se tomó la cabeza a 2 manos y los mandó castigados a las bodegas. Es una osadía sin nombre, les dijo. Qué se han imaginado, el mar se los traga a la primera y con la autorización mía, los siguió recriminando. ¿Qué le respondo yo a la Armada y a sus familias si mueren con toda seguridad en el intento? El contramaestre los liquidó con esa pregunta. Yo lo vi. Esas tonterías ocurren con los jovencitos que se las dan de valientes y se desafían unos con otros sin considerar las consecuencias».
            La cena de onomástico terminó cerca de la medianoche, regresamos a nuestra casa en calle Alcázar, distante un par de cuadras. Debe ser entrenido ser amigo de un contramaestre, pensé a mi edad de entonces, para hacerle hartas preguntas y oír más historias de mares lejanos.


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₁ Novela del escritor norteamericano Herman Melville publicada en 1851 que narra la travesía del buque Pequod, comandado por el capitán Ahab a la captura de la ballena blanca Moby Dick, título de la obra. La situación que menciona el marino de Penco en nuestro relato aparece en la página 320 de la edición 2004 de Collector's Library del libro, versión en inglés (foto). El trozo de texto es el siguiente: 
"Certain. I've lowered for whales from a leaking ship in a gale off Cape Horn".  ("Cierto. Yo he bajado por ballenas de un buque haciendo agua en una tormenta a la cuadra del Cabo de Hornos").

₂ Un chinchorro es un bote a remos que llevaban los buques de la Armada para realizar tareas menores.

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