domingo, agosto 27, 2023

CONSEJO DE UN MÉDICO: LEA «ULISES»

                                                                  JAMES JOYCE
                    D
e «La Odisea» yo sabía harto. Siendo niño como todos leí primero la versión de la colección Billiken, después vi la película protagonizada por Kirk Douglas, unas tres veces en el teatro de la Refinería,  y más tarde disfruté del relato íntegro de Homero. El héroe era Odiseo o Ulises. En esos años como estudiante liceano, sorprendido abrí bien los ojos al tomar conocimiento de la novela «Ulises» del irlandés James Joyce. Durante una clase en mi liceo, un compañero de curso de apellido Villa (Juan Villa, hoy abogado) le pidió una opinión a la profesora de castellano de apellido Batarce (Graciela Batarce) sobre ese libro. Ella no se sorprendió con la pregunta y le respondió que con respecto a ese  «Ulises» los comentarios eran dispares y que sólo el tiempo decantaría la obra y que quizá la historia terminaría con la controversia. Con su respuesta, algo a la rápida y quizás incómoda, Graciela no fue al fondo, ni a la trama, ni a los personajes, ni al alocado Joyce, ni a la forma de la obra. Pero, a partir de lo que ella dijo entendí que "Ulises" estaba ahí haciendo ruido en el medio académico y en el mundillo intelectual penquista.

                  Muchos años después el libro llegó a mis manos y quise salir del empacho que me tenía metido desde los años 60. Comencé a leerlo y, confieso, no pasé de la página 5 (de un total de 720). No le hallé ni patas ni cabeza y eso que estoy bien entrenado porque leo harto. Tiempo después intenté de nuevo hincarle el diente un par de veces y renuncié en cada oportunidad por el mismo motivo. Ocurrió que en una reunión social conversé con un médico sobre literatura, llegamos a «Ulises» y él sí lo había leído. Le conté mi problema --como cuando uno le dice sus dolores al doctor-- para enganchar con la trama y me aconsejó intentar otra vez y que tratara de pasar de la página 30. Algo parecido a la recomendación de tomarse un remedio a la fuerza porque hace bien. Y me añadió que era una obra extraordinaria, que incluso inspirado por ella él había viajado a Dublin nada más que para recorrer las calles de la ciudad donde se desarrollaba la acción y visitar el castillo desde donde se veía el mar (color verde-moco, según Joyce) de esa bahía irlandesa; en fin, razones no le faltaron para ir de paseo a Irlanda.

                 Después me pregunté qué ventajas tendrían aquellos que lo leyeron de las que yo carecía que no podía avanzar por los entresijos del relato. Con el orgullo herido ataqué de nuevo pasé de la página 30, como me lo prescribió el médico, y rematé en la 720. ¡Leído! Ahora podría yo darle mi opinión al entonces estudiante Villa, quien la solicitó a la profesora 50 años antes. Les resumiré aquí mi punto de vista y no la que hubiera leído u oído de otros.

                  Para meterse en ese libro no hay que ir con ideas preconcebidas ni con la esperanza de seguir una historia hasta el final. Una exigencia de Joyce es presentarse en blanco. Los estudiosos dicen que el nombre se debe a un paralelo con las peripecias del Odiseo de Homero. Pero, la gran diferencia está en que la historia del héroe de Joyce, llamado Leopold Bloom (Ulises) transcurre en un solo día (en 1904), en cambio la de Odiseo tomó 10 años.

                  No hago referencia al contenido porque no es mi propósito aburrirlos con un análisis si hay tantos disponibles por todas partes. Me enfocaré nada más en lo que para mí fue realmente lo novedoso: la forma. Joyce ensaya aquí todos los tipos de relatos posibles: poesía, música, prosa, pentagramas, textos sin puntuación, empleo de algunos espacios sin escribir, como desafiando al lector a que los llene. En la forma se descubre una estética nueva de la lengua, que rompe con todos los relatos lineales de siempre y con el sentido común. El héroe es un diletante, uno más, nadie en especial. Sus construciones gramaticales resultan intencionadamente estrambóticas. Como que el mismo Joyce hubiera estado hasta la coronilla con lo que había leído hasta entonces y que por eso exploró algo distinto. De allí su audacia de zambullirse en un estilo que no existía en el que da al lector libertad para significar las oraciones. Por eso, la dificultad de entrarle a la primera. Y resulta curioso pero la persona que lee ‒en algunos pasajes‒ se puede reír a carcajadas, como a mí me ocurrió, por lo insólito de su lógica llevada al límite de la cordura. Tal sería, desde mi punto de vista, lo cautivador de este libro.

                  Usted lector me podría consultar: ¿Lo leerías de nuevo? Mmmm, quizá sí, en atención a que la primera vez me lo planeteé como un desafío, como un éste no me la gana. ¿Una segunda vez? Probablemente sí, pero sería por placer. Igual, buena la pregunta.

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Dos apuntes sobre el texto anterior:

Lenka Franulic (1908-1961) periodista chilena, Premio Nacional de Periodismo 1957 escribió lo siguiente: «El Ulyses no será jamás un libro para el grueso público debido a las enormes dificultades que encierra su lectura».

Umberto Eco (1932-2016) científico, escritor y filósofo italiano dijo respecto del tema de las interpretaciones de textos: Hay dos tipos de lectores, el semántico que es aquel que busca contenidos, cuentos o historias en los libros y el lector crítico que lee y analiza buscando la belleza del trabajo del escritor, su estilo, su idea, la armazón, su punto de vista. Para este último tipo de lectores fue escrito Ulises. Punto.



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