martes, marzo 03, 2026

«ESPERANZA, PORVENIR Y FORTUNA», EN EL FONDO DE LA EX MINA DE LIRQUÉN

Foto del trabajo exterior de la Mina de Lirquén coloreada con IA, chatgpt.
 

Han pasado casi 70 años del cierre de la mina de carbón de Lirquén. Kilómetros de galerías fueron abandonados en 1958 cuando se inundaron y el riesgo de derrumbes aumentó a niveles incontrolables. La empresa decidió que la explotación del mineral ya no era negocio como en el siglo XIX. Y cerró. De los tiempos de la mina ya no hay sobrevivientes. Quizá uno de los últimos fue el ingeniero, que le echó candado por fuera a esa actividad, don Jaime Lea Plaza, quien falleció hará unos diez años. Entonces muchos de los mineros, que aportaron al crecimiento de Lirquén y que quedaron sin trabajo, emigraron a las carboníferas de Lota y Coronel. Porque ellos lo único que sabían hacer era sacar carbón, no tenían un plan B para ganarse la vida.

El olor a carboncillo ha desaparecido del aire lirquenino, sólo queda en el recuerdo de muy pocos a quienes los viejos se lo contaron y pronto habrá pasado totalmente al olvido. Bajo el mar descansan los túneles de la mina que en 1843 Thomas Smith comenzó a explotar y que dos años después serviría para abastecer de carbón a la fundición de cobre de Joaquín Edwards, ubicada en el mismo lugar, mucho antes que Matías Cousiño estableciera su propia mina carbonífera en Lota.

Hay pocos vestigios físicos de la era del carbón, comentó a el diario El Sur en 2007 Juan Manuel Gutiérrez Philippi, entonces gerente general de la empresa Puerto Lirquén. La boca principal de la mina, la de la fotografía clásica, fue sellada para generar más espacios de acopio para el puerto.

En los años 40 en la mina de Lirquén se trabajaban en tres turnos con la participacion de unos 150 mineros por cada uno. La rutina del trabajo, ellos la conocían muy bien. Cuando entraban por la boca de la mina, primero se bajaba por una pendiente que ellos llamaban corriente. Eran alrededor de 500 metros de plano inclinado. Después se avanzaban otros mil metros de un tramo denominado maestra, que era una galería horizontal. De nuevo venía otra corriente, esta vez de 1.500 metros. Los trabajadores viajaban en carros metálicos sobre rieles. Iban sentados en los bordes. A veces los vagones se soltaban por el traqueteo del viaje o se desrrielaban y se generaban los accidentes. Quedaban algunos mineros heridos. Se daba la alarma con una campana para que el hinchero en la superficie detuviera la máquina que arrastraba el cable en el que se sujetaban los vagones. Después de la segunda corriente los trabajadores sabían que había otra maestra. Y más adelante la tercera corriente que terminaba donde los carros ya no tenían más rieles. Varios metros más adelante estaban las faenas que se devidían en tres laboreos: Esperanza, Porvenir y Fortuna. Cada uno de estos laboreos tenía un frente aproximado de mil metros.

Luego de una hora de avance, el turno llegaba al lugar de las faenas. En ese momento comenzaba a correr la jornada, o sea, las 8 horas de trabajo. Ahí se desnudaban y se vestían con un pantalón corto y una casaca sin mangas, ambas prendas de algodón estaban hechas de bolsas quintaleras de harina. En el punto la empresa les entregaba zapatos de seguridad y un casco. Todos llevaban un guameco o bolso para sus cosas: café o té en una charra o cantimplora de aluminio y el manche o la comida, que no era más que pan minero con algún agregado. En un carro aparte, la empresa llevaba barriles de agua para el consumo de los mineros. El trabajo se iniciaba con la ubicación de la «veta» o la cuña de carbón para instalar los explosivos o comenzar el trabajo con el empleo de barretas manuales.

Comos los carros no llegaban hasta el lugar mismo donde los trabajadores extraían el carbón, ellos no podían cargar el producto directamente en los vagones con sus palas. Esperaban a formar pilas de carbón en el sitio de la faena y de ahí acercaban los montones hasta los carros en la punta de rieles. Esta tarea de ir empujando el carbón con sus herramientas la llamaban «traspalear».

Coincidió que cuando la empresa estudiaba la posibilidad de cerrar la mina, apareció agua en grandes cantidades que comenzó a inundar las galerías. Al decir de viejos mineros, no era agua de mar. Cualquier esfuerzo por recuperar la mina frente a ese problema se desestimó. Ya no valía la pena hacer nuevas inversiones. La empresa decidió cambiar el giro por el puerto y la mina de Lirquén se cerró en 1958, hecho que tuvo un fuerte impacto en la desocupación laboral en Lirquén y en Penco.

---

Nota al pie: El presente texto se elaboró a partir de un reportaje del domingo 5 de abril de 2007, publicado en el diario El Sur, y que firma Roberto Fernández Ruiz.

No hay comentarios.: